Los palestinos de Israel mantienen viva la memoria de la Nakba pese a la represión del Gobierno de Netanyahu La policía impide por segundo año consecutivo la tradicional marcha a los restos de una de las aldeas destruidas hace casi ocho décadas El guía, Johnny Mansour, explica en tono distendido la vida cultural en la ciudad israelí de Haifa antes de la Nakba (desastre, en árabe), como se conoce a la huida o expulsión de unos 750.000 palestinos (dos tercios de los que vivían en el actual Estado de Israel) de sus hogares entre 1947 y 1949, ante el avance de las milicias judías y, luego, del recién creado ejército israelí. Cuenta que grandes estrellas de la música árabe, como la egipcia Um Kulzum o el sirio-egipcio Farid Al Atrash, actuaron en una sala de conciertos de la ciudad que solo existe ya en los libros de historia, durante el mandato británico de Palestina (1920-1948). Poco a poco, las sonrisas se desvanecen de los rostros de la treintena de asistentes al tour (todos ellos palestinos con ciudadanía israelí) cuando el guía, de 66 años, comentacon más resignación que dramatismocómo su padre compró un laúdpor tres libras palestinasa un importante cantante y compositor libanés, Halim al Roumi, pero se quedó sin él. Igual que otras decenas de miles de palestinos de Haifa, el padre de Mansour huyó en 1948 de la ofensiva sobre la ciudad de la milicia judía Haganá y cuando, tres años más tarde, obtuvo permiso de las autoridades militares para regresar a Haifa se encontró con que su casa había sido nacionalizada, en el marco de la ley de 1950 de lospresentes ausentes”, por la que las autoridades confiscaron las propiedades de cientos de miles de refugiados y desplazados, incluso si estaban en Israel. “Cuando le dijeron que su casa ya no era su casa, solo pidió que le permitieran coger el laúd. Ni siquiera eso le dejaron”, lamenta Mansour, historiador especializado en la historia de Haifa, de los palestinos con ciudadanía israelí y profesor en el centro académico superior Beit Berl, cerca de Tel Aviv. Él mismo se acerca a veces a la casa, hoy ajena, en la que su padre invirtió los ahorros. Los participantes recorren abandonados hamams, mansiones o mezquitas que vertebraban la vida hasta 1947, cuando el rechazo árabe al plan de la ONU de partición de Palestina derivó en una suerte de enfrentamiento civil, con las milicias judías sembrando el terror en sus avances. La mayoría de desplazamientos forzosos de la Nakba tuvieron lugar, de hecho, entonces, antes del nacimiento del Estado de Israel y la primera guerra árabe-israelí (el 15 de mayo de 1948) en la que Israel suele contextualizar la Nakba, para relativizarla. La visita guiadaorganizada por la Asociación de la Cultura Árabe con motivo de este Día de la Nakbaes, en el contexto actual, mucho más que un simple paseo. El Gobierno de Benjamín Netanyahu, en el que la ultraderecha tiene un peso inédito y el ministerio a cargo de la policía (Seguridad Nacional) está en manos del ultranacionalista Itamar Ben Gvir, viene reprimiendo con creciente dureza cualquier conmemoración de la Nakba, u ondear la bandera palestina, pese a no ser técnicamente ilegal. La policía arrestó a nueve de la treintena que se manifestó en Haifa en la víspera por la Nakba. La obsesión llega a tal punto que el mes pasado un policía recortó la bandera palestina de la kipá (el conocido gorrito de los judíos religiosos) de un activista israelí que llevaba una con las banderas israelí y palestina. El mes pasado y por segundo año consecutivo, no hubo la tradicional marcha a los restos de una aldea palestina para conmemorarla. La policía alegó motivos de seguridad para limitar a 1.000 los participantes y les prohibió llevar banderas palestinas. Como la marcha solía reunir a entre 20.000 y 30.000 personas, los organizadores decidieron directamente desconvocarla, para no ser partícipes en una especie de prohibición encubierta. Son los dos únicos años que no se celebra en casi tres décadas, a excepción de la pandemia de covid. Al final, los organizadores montaron un panel sobre la Nakba por videoconferencia con artistas e historiadores. Días difíciles Yousef Taha es el director general de la Asociación de la Cultura Árabe, la ONG con sede en Haifa dedicada a promover la cultura, identidad y patrimonio de los palestinos y que organiza estos días esta y otras actividades discretas en torno a la Nakba. Son, admite, días difíciles. Teme incluso que la Policía o el Ayuntamiento interrumpa una actividad tan inocua como una visita guiada, al abordar la limpieza étnica sobre la que se fundó Israel, engendrando dos narrativas paralelas: de victoria y felicidad para un pueblo sin Estado tres años después del Holocausto, para unos; de derrota, desposesión y exilio, para otros. “No solo es importante conmemorar la Nakba por la memoria, sino también para preservar nuestra identidad, que Israel lleva intentando borrar desde 1948 hasta hoy”, subraya. “En las escuelas de primaria [del país], la historia palestina ni se menciona, ni se aborda. Lo único que aprendemos es la historia del pueblo judío. La historia del Islam se remonta a los días de los omeyas y no hay tal cosa como un pueblo palestino en los libros de historia en los que aprendemos”. Taha insiste en que la Nakba es, en realidad, elelemento más importantede la identidad palestina, al tratarse del hilo que conecta a los palestinos que, como él, tienen ciudadanía israelí (al descender de los que se quedaron en el incipiente país) con los de Gaza y Cisjordania o los de Jordania, Líbano o Siria, que hoy superan los tres millones, al heredar sus descendientes el estatus de refugiados. En 1948, la Asamblea General de la ONU reconoció su derecho a regresarlo antes posibleasus hogares y vivir en paz con sus vecinos”. Israel nunca lo permitió: abatió cientos que intentaban cruzar clandestinamente la frontera; destruyó los más de 400 pueblos en los que vivían; y, en ciudades como Haifa, nacionalizó las casas para alojar a los judíos que iban llegandoa menudo, forzadosdesde el norte de África o desde otras partes de Oriente Próximo al recién nacido Estado de Israel. En un país donde judíos y árabes rara vez viven en la misma localidad, Haifa es una de las pocas denominadasciudades mixtas”. Israel la utiliza a menudo para proyectar al exterior una imagen idealizada de coexistencia armoniosa, pero los palestinos que la habitan tienen muy claro el origen de su actual equilibrio. En 1948, era un importante puerto con un número parecido de habitantes palestinos y judíos, tras décadas de emigración en el marco del movimiento sionista. Aquel abril, la Haganá lanzó una operación para tomar los barrios donde vivían decenas de miles de palestinos. “Controló las zonas altas, lo que les daba superioridad estratégica y desde allí lanzaban barriles bomba contra la parte baja”, explicaba el guía en la hoy llamada Plaza de París. “¿Qué podía hacer la gente al ver y oír los barriles bomba?”, se preguntaba retóricamente. ― “Huir, claro”, respondió uno de los participantes. ― “Eso, huir”. Meses más tarde, con Haifa ya tomada, solo quedaban en la ciudad 4.000 palestinos. Las edades de los participantes en la visita guiada, con bastantes jóvenes y algunas familias, muestra sin embargo cómo la Nakba no es una frustración de los escasos supervivientes de aquellos días o sus descendientes directos, sino que atraviesa generaciones. La Nakba continua Muchos abrazan hoy un concepto más político denominado Al Nakba Al mustamirra (La Nakba continua), que la presenta como un proyecto israelí que se extiende hasta nuestros días, no como episodio histórico. “No es algo que pasase hace mucho tiempo. Es algo que pasó anteayer, ayer y está pasando hoy”, afirmaba uno de los participantes, Osama, de 45 años, para explicar por qué trajo al tour a su hija adolescente. “Es una actividad pequeña, pero se trata de saber quiénes somos”, añade. Nur y Zeina tienen ambas 23 años, prefieren no dar sus apellidos (precisamente por el ambiente de miedo que han sembrado las autoridades israelíes) y simbolizan la nueva generación interesada en mantener viva la memoria de hace casi ocho décadas. “Casi cada pueblo tiene un episodio histórico terrible que conmemora, igual que los judíos con el Holocausto. Este es el nuestro”, explica Zeina. Nur justifica su asistencia en que esde las pocas cosasque pueden hacerdesde dentro”, como suelen referirse los palestinos a Israel, en un momento en el que ha devastado Gaza y profundiza los desplazamientos forzosos de población en Cisjordania. “Quiero saber cómo se llamaban estas calles que ahora tienen nombres en hebreo. Aprender sobre algo de lo que está prohibido hablar, de lo que tengo miedo de hablar”, explica. En los últimos años, sobre todo a raíz del ataque sorpresa en el que Hamás mató en Israel a casi 1.200 personas y tomó más de 250 rehenes en octubre de 2023, la histórica negación, cuestionamiento o relativización de la Nakba por Israel ha dado paso, en los sectores más derechistas, a su uso como amenaza. Este mismo viernes, en la Marcha de la Bandera en la que miles de ultranacionalistas festejaban (entre episodios de violencia y lemas racistas) la conquista de Jerusalén Este en la Guerra de los Seis Días, una organización, Im Tirtzu, desplegó ante la puerta de acceso al barrio musulmán de la ciudad vieja una pancarta con el lema: “Queríais una masacre, recibiréis una Nakba”. Ya hace cuatro años, antes de la matanza de Hamás, el hoy ministro de Defensa, Israel Katz, del mismo partido de Netanyahu (Likud), amenazó en el Parlamento con una nueva limpieza étnica después de que un grupo de estudiantes ondease banderas palestinas en campus universitarios de Israel con motivo del Día de la Nakba, en un tipo de manifestación hoy prohibida. “Recordad 1948. Recordad nuestra Guerra de Independencia y vuestra Nakba. Preguntadles a los ancianos, a los abuelos y abuelas, y os explicarán que, con el tiempo, los judíos despiertan y saben cómo protegerse a mismos y la idea de un Estado judío.”