Irvine Welsh, escritor: “Los hombres jóvenes han perdido la empatía porque ya no leen novelas, las mujeres son las únicas que leen ficción” El autor escocés publica ‘Hombres enamorados’, secuela de la saga ‘Trainspotting’, cuando la adaptación al cine de aquella novela que marcó una época cumple 30 años Si viviera en Barcelona, Irvine Welsh (Leith, Edimburgo, 67 años) se mudaría a Gràcia. “Me encanta pasear por ese barrio, desprende la misma sensación que cuando vivía en las colinas de San Francisco: la de saber que tienes la ciudad a tus pies”, ha contado este viernes el escritor en una entrevista en su hotel en la capital catalana. Impecable y pulido, con un conjunto vaquero de chaqueta y pantalón entallado, el escocés participa hoy, sábado, en el Brit Under Fest, un festival de música y literatura británica donde el autor de la saga Trainspotting ofrecerá una charla y pinchará cerrando el evento. ¿Sonará Born Slippy, el himno de Underworld de la adaptación de Danny Boyle, la película más taquillera de 1996? “Probablemente, pero puede que suene Choose Life, el tema con el que he estado trabajando con Bobby Gillespie, de Primal Scream, para el musical que estreno en verano”, avanza. Welsh está en plena vorágine revivalista del fenómeno cultural que lo cambiaría todo en 1993, cuando debutó con Trainspotting, la historia de Renton, Spud, Sick Boy y Begbie, cuatro amigos de Leith, un suburbio en un puerto obrero de Edimburgo, que acababan enganchados a la heroína entre múltiples subidones químicos, ligues fallidos y el ansia de romper con la cadena de pobreza instaurada por culpa del thatcherismo. Además del musical Trainspotting —que se estrenará en el West End de Londres en julio e incluirá ese tema de Gillespie sobre la mítica frase de Renton (“Elige la vida”) y otras colaboraciones con Rowetta de los Happy Mondays o Louise Wener de Sleeper—, acaba de publicar Hombres enamorados, su última novela, en Anagrama, con traducción de Arturo Peral y Laura Salas. “Soy la prueba viviente de que jamás vi la saga como algo franquiciable. Si la he escrito con saltos temporales y no de forma lineal, es por mi falta de disciplina y porque lo que me interesan son temas concretos”, aclara. Basta con ordenar temporalmente, de inicio a fin, la serie de libros para entender esa aleatoriedad temática de la que habla: a Skagboys (2014) —precuela del grupo cayendo en la heroína en el Edimburgo en la debacle obrera de los años ochenta—, le siguen Trainspotting (1993) y Hombres enamorados (2026) —ambientadas entre 1987 y 1988—. Después se sitúa Porno (2005) —un reencuentro en 1998 para reflexionar sobre la mercantilización del sexo— y Señalado por la muerte (2023), un cierre que transcurre en 2015, cuando Renton es representante de DJ y se topa en un vuelo con Begbie, reconvertido en artista de éxito, y todos, en plena crisis de la mediana edad, acaban envueltos en una trama de tráfico de órganos. Hombres enamorados, el quinto libro publicado y el tercero en orden cronológico, es una ficción narrada a distintas voces que se sitúa justo después del final de Trainspotting, cuando Renton acaba de robar las 16.000 libras al grupo, huye a Ámsterdam y deja a sus amigos en la estacada. “A esa edad, pelearse con tu colega es casi peor que que te deje la novia”, dice sobre un desplante que le ha valido para separar a los personajes y colocarlos frente a sus sentimientos. “Quería explorar el enamoramiento a tus veintipocos, cuando vives esas primeras historias tan intensas y tus amigos dejan de ser el centro del universo. Es curioso, no sabes realmente nada del mundo, pero intuyes que debes elegir entre el matrimonio, tener hijos y el futuro de tu carrera cuando tú ni siquiera sabes a qué pub quieres ir ese día”, reflexiona. Arreglar al hombre raro y problemático no es fácil, diría que ahí las mujeres afrontan una misión condenada al fracaso Aquí, las mujeres se presentan como un salvavidas emocional o económico para esos chicos perdidos. Algunas, como Ali con Spud, sabrán que van directas a romperles el corazón; otras se dejarán engatusar por el perverso magnetismo de tipos como Sick Boy, encantador en la superficie y despiadado en el fondo, hombres que se marcan el farol de dejar reformarse gracias al amor. “A esa edad, arreglar al hombre raro y problemático no es fácil, diría que ahí las mujeres afrontan una misión condenada al fracaso”, bromea sobre esa heterosexualidad masculina que siempre se refugiará en charlas de fútbol, música y drogas antes que intentar expresar sus anhelos. “Son hijos del derrumbe de la división social del trabajo, se exigió la igualdad social y de derechos a unos hombres que supuestamente debían trabajar duro y mantener a su familia. Ahí se vieron, por primera vez, abiertos a un mundo emocional en el que se decían: ¿Y nosotros qué hacemos aquí? Las mujeres han sabido manejar mucho mejor esa curva de aprendizaje emocional”, afirma sobre el analfabetismo sentimental de esos chavales de los ochenta. ¿Y cómo ve a los de ahora? “Fatal, los hombres jóvenes han perdido la empatía porque ya no leen novelas, las únicas que leen ficción son mujeres. ¿Cómo puede ser que no lean novelas si es la mejor forma de ponerse en la piel del otro? Ellos han desarrollado comportamientos psicóticos por la adicción a la dopamina de sus pantallas”, cuenta. “La clase obrera ha perdido su voz” Hijo de un estibador y vendedor de alfombras y de una camarera, Welsh es uno de los escritores contemporáneos que más visibiliza en su prosa la lucha de clases. También en este encuentro. “La clase obrera ha perdido su voz, el 1% posee todos los medios, todo el dinero y todo lo demás, creyéndose dioses. Estos oligarcas se han rodeado de aduladores que escupen sus tonterías en su nombre mientras los que están en el escalafón más bajo han visto la privación de sus derechos”, argumenta un escritor que, antes de convertirse en una estrella literaria, trabajó de adolescente como reparador de televisores a domicilio, fue cantante y guitarrista punk en Londres a finales de los setenta y, tras una serie de arrestos por delitos menores y enmendarse estudiando informática, se mudó a Edimburgo para trabajar en el área de vivienda del Ayuntamiento, época en la que debutó con Trainspotting. Una novela cargada de metáforas para describir el sexo o el policonsumo de estupefacientes, escenas que abundan en Hombres enamorados. Tanto sexo y tanta droga no se estila en la ficción actual. Welsh lo echa en falta. “Antes, a los novelistas nos aconsejaban activar los sentidos. Ahora, muchos han optado por una escritura muy minimalista, donde se reduce la experiencia humana y se minimiza la experiencia, convirtiéndolo todo en algo descriptivo y diarístico. Creo que es por influencia de internet, que ofrece descripciones muy básicas y ha influido en la forma de escribir las novelas”, lamenta. Frente a los nuevos hábitos de consumo de drogas, Welsh no cae en la trampa de la nostalgia. “La gente bebe mucho menos y ahora prefiere las microdosis de ácido para poder aguantar el nivel de su rutina sin caer en el bajón químico. Me parecen actitudes mucho más saludables y beneficiosas. Uno de los grandes avances han sido los tratamientos de psilobicina para personas con depresión y ansiedad, conozco a personas que les ha sentado fenomenal”, defiende. Sí se muestra tajante frente a la crisis del fentanilo en Estados Unidos. “Es absurdo decir que la gente se ha pasado de la heroína al fentanilo, todo el mundo sabe que tomar fentanilo es prácticamente una sentencia de muerte”. Sobre ese país orbita su próxima novela, en la que está trabajando y que se ambientará en Las Vegas entre el mandato de Obama y la llegada de Trump. “Si quieres entender a Estados Unidos, deberías mirar allí. Basta con ver lo que ahora está pasando: Las Vegas está muriendo lentamente, nadie quiere pisarla”.
Irvine Welsh, escritor: “Los hombres jóvenes han perdido la empatía porque ya no leen novelas, las mujeres son las únicas que leen ficción”
El autor escocés publica ‘Hombres enamorados’, secuela de la saga ‘Trainspotting’, cuando la adaptación al cine de aquella novela que marcó una época cumple 30 años
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