Por qué no se protege a la anguila plateada en España pese a su situación crítica Cerramos los ojos, dejamos la decisión para más tarde, lo aplazamos todo para el mañana, aquello que no se quiere gestionar Una de las imágenes que componen el collage de recuerdos de mi preadolescencia es la de aquellas zódiacs maniobrando con obstinación casi épica al costado de un gran barco entre las olas de un mar agitado para interponerse en la caída de los bidones que lanzaban al agua. Se trataba de un carguero holandés que se deshacía con inquietante naturalidad de residuos radiactivos arrojándolos a la Fosa Atlántica, amparado por el Convenio de Londres de 1972, que permitía verter determinados desechos bajo supervisión. La legalidad de cada época sirve, con frecuencia, como escudo para cobijar actos aberrantes. A unos 700 kilómetros de las costas de Galicia se levantaba la alfombra de las aguas internacionales para esconder aquello que incomodaba: lo que el ojo no ve, la conciencia de la opinión pública no lo siente. En el lecho marino se descomponen 220.000 barriles con 140.000 toneladas de material radiactivo, una muestra de la pugna entre la hegemonía de la superficie, la imposición de las apariencias y la ley del mínimo esfuerzo frente a la verdad de fondo: esa asimetría voraz que privatiza el rédito y democratiza el desastre. Otro ejemplo más de los remedios apresurados que solo camuflan el problema. Fosas comunes, mutismo cómplice y olvido histórico convertidos en toallitas del inodoro moral. No nos engañemos: deshacerse de lo molesto alejándolo de la mirada no es solo una estrategia gubernamental o política, sino un instinto compartido. Existe una mecánica del desentendimiento que alimentamos cada día. Lo que no se siente, lo que no se quiere atender —el aceite tirado por el fregadero, los restos enterrados en el jardín, el electrodoméstico lanzado por un terraplén, la chatarra que hoy orbita por el espacio, las toneladas de basura que coronan las cumbres más altas o la exportación de contenedores llenos de ordenadores y móviles viejos a África o Asia—, se convierte en testimonio de una misma verdad, la de un engranaje que nos permite seguir adelante soltando el lastre de la responsabilidad y que recuerda amargamente de qué pasta estamos hechos. ¿Para qué asumir la pesada carga de recoger nuestros restos, físicos o morales, si ganando tiempo se puede pasar de largo? Para eso está el mañana, ese resquicio de impunidad donde cabe todo lo que hoy no se quiere gestionar, un despeñadero por donde precipitar lo que estorba, como es atender la evidencia de los datos que demuestran las derivadas de un cambio climático que mantiene al borde de la extinción a una especie como la anguila europea sin que las comunidades autónomas que podían haberlo aminorado hayan tenido el arrojo de hacerlo. Diecisiete años después de que la Unión Europea aprobara un reglamento que obligaba a los Estados miembros a elaborar planes de gestión para alcanzar un 40% de “escape prístino”, es decir, que al menos el 40% de las anguilas plateadas que existirían sin influencia humana lograran llegar al mar para reproducirse, los propios datos oficiales de las comunidades autónomas evidencian un fracaso rotundo: el escape es del 14% en Galicia, 3% en Cantabria, 5% en Asturias y 4% en Murcia. La biomasa no ha aumentado desde la implantación de los planes y la mortalidad pesquera no se ha reducido. Las comunidades autónomas han tenido casi 20 años para aplicar medidas eficaces, incluidas las de restauración del hábitat, que eran un pilar del reglamento. A pesar de ello, en el último Comité de Flora y Fauna se han opuesto a aumentar la protección de la anguila escudándose en la idea de que hay que incidir más en las medidas ambientales, como si el tiempo no hubiera pasado y la inacción no tuviera consecuencias. Tras casi dos décadas permitiendo que el problema creciera, las autonomías exigen ahora más informes mientras autorizan que se siga pescando. En lugar de detener la actividad para ampliar los estudios, optan por una maniobra que induce a pensar lo de siempre: que solo intentan ganar tiempo. Ante este escenario, resulta inevitable una pregunta incómoda: ¿cómo puede calificarse de sostenible una pesquería cuando la comunidad científica advierte que, con estos niveles de escape y mortalidad, la recuperación de la anguila es imposible? El futuro es la fosa séptica de la comodidad… Al fin y al cabo, cuando la especie haya desaparecido, todos estos políticos que tenían en su mano una parte de la solución ya no estarán.
Por qué no se protege a la anguila plateada en España pese a su situación crítica
Cerramos los ojos, dejamos la decisión para más tarde, lo aplazamos todo para el mañana, aquello que no se quiere gestionar
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