Regreso a Minab, la masacre en la escuela que conmocionó y unió a los iraníes 156 personas, entre ellas más de un centenar de niños, murieron en el ataque más mortífero de la guerra contra Irán y del que las investigaciones preliminares responsabilizan a misiles estadounidenses Mandana Salari, una profesora de primaria de 29 años, supo el 28 de febrero que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán había estallado cuando oyó que había sido atacado el complejo del líder supremo del país, Ali Jameneí. La última conversación que mantuvo con su hermano, Mostafa Salari, tuvo lugar ese mismo día, unos 20 minutos antes de que tres misiles Tomahawk estadounidenses la mataran y cambiaran para siempre la vida de decenas de familias que, en una mañana aparentemente normal, habían enviado a sus hijos a la escuela Shajarah Tayyebeh, en Minab, una ciudad del sur de Irán próxima al golfo Pérsico. En ese ataque murieron 156 personas; más de un centenar de ellas, niños. “La probabilidad de un ataque aquí es cero”, le había explicado Mostafa a Mandana, cuando ella le dijo que temía que hubiera ataques en la ciudad, situada a unos 1.300 kilómetros de Teherán y en la que viven unas 80.000 personas. A Mandana le preocupaba la cercanía de Minab al estrecho de Ormuz, donde hay instalaciones militares iraníes y que, con el paso de las semanas, se ha convertido en el epicentro del conflicto como punto clave del mercado energético. Cuando a Mostafa le dijeron que la escuela Shajarah Tayyebeh había sido atacada, no se lo podía creer. Llegó al colegio después de caminar varios kilómetros y recorrer una hora en coche hasta Minab. Mostafa tenía dos vidas por las que temer: la de su hermana Mandana y la de su sobrina, Liana. Cuando llegó, Mostafa vio a padres llorando a lágrima viva, removiendo los escombros con las manos. En el suelo vio pedazos de cuerpos de niños. “Había una manita allí, vi una cara redonda junto a una piedra, que no me atreví a levantar. Fue espantoso. Me mareé”, recuerda ahora, dos meses y medio después. El cuerpo de Mandana fue hallado junto a otros cuatro cadáveres: alumnos a los que había abrazado hasta la muerte. A algunos de los niños les dejaron salir, pero Liana, de siete años, no se fue. Según le dijo a su prima, también compañera de clase, se quedaría para irse después con su madre, Mandana. Estaba jugando con el móvil de su madre: tenía la mano agarrada al teléfono, la mochila puesta, lista para irse a casa. A Liana le encantaba hacerse vídeos cantando en playback. Tenía una personalidad extravagante y le gustaba vestir con ropa llamativa. “Su personaje favorito era Kuromi, del anime My Melody and Kuromi”, cuenta Mohana, su tía. La pequeña era también muy buena haciendo adornos de pedrería para la ropa. “Teníamos una boda en tres semanas, en Isfahán, durante las vacaciones del Eid. Liana estaba emocionadísima”, se lamenta Mostafa con voz entrecortada. Los escombros siguen en lo que un día fue una escuela. El lugar es aún un amasijo de barras de metal, ladrillos y trozos de cemento. En las paredes que quedan en pie hay adornos colgados y algunos objetos que pertenecieron a los niños y que ahora se exhiben. Han pasado dos meses y medio desde ese ataque, el más mortífero de la guerra, que las investigaciones preliminares atribuyen a Estados Unidos, pero la herida sigue abierta en Minab. Esta semana, el mercado del jueves bullía, pero el trauma asoma en cada calle. Minab sigue empapelada con pancartas que recuerdan la masacre. Hay ceremonias y actos por toda la ciudad para que la memoria de las víctimas de la escuela permanezca. En todo el país, los iraníes han llorado la muerte de 3.469 personas, según la cifra más reciente reportada por la OMS, en una guerra que ha reforzado el vínculo nacional y el sentimiento patriótico. Pese al alto el fuego que dura ya más de un mes, en varias ciudades se siguen celebrando manifestaciones nocturnas a favor del Gobierno, con un mensaje de desafío contra el “enemigo”. La probabilidad de un ataque aquí es ceroMostafa Salari a su hermana poco antes de morir en el ataque “En esta guerra, las mujeres y los niños han sido objeto de ataques sistemáticos y selectivos… lo que constituye un claro ejemplo de crimen de guerra y crimen contra la humanidad”, declaró esta semana el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, en un discurso pronunciado en la cumbre de los BRICS celebrada en Nueva Delhi. “El ejemplo más catastrófico fue el ataque en dos fases contra la escuela de la ciudad de Minab”. Los habitantes de Minab tienen claro que EE UU e Israel son los principales responsables del bombardeo devastador. “Tenían plena información y sabían perfectamente que se trataba de una escuela, y aun así lo hicieron. Decir que no lo sabían porque estaba en una guarnición militar es un error garrafal. Pero también nos indigna que una escuela se encuentre en una zona así”, dice Mostafa. El régimen iraní es consciente del peligro que supone que edificios militares se encuentren junto a instituciones civiles y se plantea trasladar algunas de las instalaciones de Defensa. La escuela de Minab se encuentra junto a un edificio de la marina del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. El primer misil había impactado en el patio de la escuela y los niños, presas del pánico, se refugiaron en el edificio. El segundo y el tercer misil convirtieron parte del edificio en un montón de escombros. El resultado preliminar de una investigación militar estadounidense apunta a que probablemente fueron misiles estadounidenses Tomahawk los que impactaron en la escuela. Las coordenadas que utilizó el ejército pudieron estar basadas en información desactualizada de la base militar iraní adyacente. La evidencia gráfica muestra un misil Tomahawk cayendo aquel día sobre la escuela y EE UU es el único país implicado en el conflicto que posee ese tipo de misiles. Habrá que esperar varios meses para que las conclusiones finales de las pesquisas se hagan públicas. El presidente Donald Trump ha culpado al régimen iraní del ataque. De confirmarse la autoría, se trataría de “uno de los ataques contra civiles más mortíferos de las últimas décadas”, estimó la organización de derechos humanos Human Rights Watch, que consideró que podría tratarse de un crimen de guerra. Safoora Pari Taghinejad se abalanzó descalza sobre los escombros de la escuela para intentar salvar a sus dos sobrinos y a un primo poco después de que los misiles estadounidenses destrozaran el patio de la escuela. Sus sobrinos Hani, de diez años, y Hamed, de siete, se lo habían pasado en grande el fin de semana anterior. Solo dos días antes de que los mataran, celebraron el cumpleaños de Hamed. La mañana del ataque, su tía, de 39 años, los bañó y les puso ropa nueva. Los niños salieron corriendo de casa llenos de entusiasmo, sin siquiera llegar a despedirse de ella. “Hani era fan del Real Madrid. Les había comprado camisetas del Real Madrid a los dos”, explica su tía, que duda si hablar por todo el dolor que lleva dentro. Solía decir: “Quiero ser un futbolista famoso”, recuerda Pari Taghinejad. Encontraron el cuerpo de Hamed la noche del ataque, pero tardaron tres días en recuperar el de Hani. “No solo erais mis sobrinos; erais la juventud truncada de toda la familia”, dice mirando hacia las tumbas. “37, 38, 39, 40…“. “¡El número 37, el 37 es la tía!”, gritó Mohammad Amir Fadavi, de 23 años, al identificar a Fatemeh Fadavi, después de unos dolorosos minutos mirando fijamente la pantalla de proyección del forense. El día de los bombardeos, Fatemeh, maestra de niños de segundo curso a la que adoraban, volvió a arropar a su madre antes de salir a trabajar. “Duerme, mamá, sigue descansando”, le dijo mientras le acariciaba la cabeza. La profesora de 41 años, fiel seguidora de Ali Jameneí, estaba profundamente angustiada por las noticias de los ataques en Teherán. “Me acaba de llegar al teléfono la noticia de que la oficina del líder supremo ha sido atacada. Id avisándome sobre su estado. Aquí en la escuela no tengo acceso a la televisión”, les dijo entre sollozos Fatemeh a sus hermanos en la que sería su última conversación. La hermana mayor de Fatemeh había visto el cuerpo en el depósito de cadáveres, pero no quería creer que fuera ella. “En la pantalla aparecían imágenes de dedos, una muñeca, joyas de oro, zapatos, mochilas y restos humanos. El rostro de Fatemeh era reconocible. Entre el número 3 y el 37 había dudas”, explica su hermana Tayyebeh. Cuando el número 37 volvió a aparecer en la pantalla, pidieron al operador que detuviera la imagen. El rostro que aparecía en pantalla estaba cubierto de sangre. Tenía la nariz rota, heridas alrededor de los ojos y el rostro hinchado. “Solo había una alumna en el aula y ella también murió en los brazos de Fatemeh”, explica Tayyebeh.
Regreso a Minab, la masacre en la escuela que conmocionó y unió a los iraníes
156 personas, entre ellas más de un centenar de niños, murieron en el ataque más mortífero de la guerra contra Irán y del que las investigaciones preliminares responsabilizan a misiles estadounidenses
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