Una ganadora insólita y divertida frente al enésimo trampantojo israelí en Eurovisión Esta edición no dejó ninguna canción deslumbrante ni incontestable, y es probable que todas se nos hayan olvidado antes de que nuestros pies pisen este verano la arena de la playa ¿Bulgaria, ganadora en Eurovisión? Ni el eurofan más clarividente habría acertado la quiniela que se despejó al filo de la una de la madrugada, porque nadie imaginaba de antemano a Dara en lo más alto del escalafón. Pero cualquier aficionado sensato suspiró con alivio al comprobar cómo, in extremis, el trofeo no llegaba a manos del representante de Israel, que en el voto de los jurados no había pasado de una discreta octava posición. El bochorno de estas votaciones en las que la música acaba teniendo una relevancia residual (¿no era esto un concurso de canciones?) da la razón de manera clamorosa a la actual directiva de RTVE, que se ha ahorrado ser partícipe y cómplice de una nueva pantomima y, de paso, no ha tenido que escoger a un enésimo candidato o candidata calamitoso. Que en eso también acreditábamos una larga tradición. Bangaranga, la triunfadora que dobló el espinazo a todas las casas de apuestas, es dance-pop con onomatopeya y rollito oriental, una parte hablada y ese estribillo que arranca desde el primer segundo. Sin ser un temazo, su tramo instrumental, donde se ralentiza y luego acelera el tempo, es original y le da mucho saborcito a las transiciones. Y admitamos que lo de gritar “bangaranga”, lo que quiera que signifique el pequeño trabalenguas, puede resultar simpático a partir de determinadas horas y circunstancias. Conste que el candidato israelí, Noam Bettan, era esta vez muy decente, más allá de la osadía de escoger el nombre de Michelle —título beatlemaniaco por excelencia— como destinataria de sus suspiros amorosos. La suya es una buena balada en ritmo ternario de vals, que evoluciona del hebreo al francés con puente en inglés, e incluye un ligero toque orientalizante en los arreglos. Todo en ella es muy correcto, pero edulcorado y cargado de algunos trucos de manual: esa paradiña antes del final, la voz rasgada en los momentos más intensos, la despedida con regreso a la desnudez acústica de los primeros compases. En resumen: sin la pertinente dosis de patraña, Michelle habría quedado bastante por debajo de esa medalla de plata. Pero cuánto mejor sería que el aparato propagandístico de Netanyahu se conformase con maquillar un concurso de canciones. La demediada edición de este sábado no dejó ninguna canción deslumbrante ni incontestable, y es probable que todas y cada una de las 25 se nos hayan desvanecido de la memoria antes de que nuestros pies pisen este verano la arena de la playa. Pero no nos engañemos: péguense un garbeo por los títulos más virales de Spotify a lo largo y ancho del planeta, y ya verán cómo les entran unas ganas terroríficas de apuntarse a la primera expedición lunar. El nivel de la cita austriaca, de hecho, fue más aceptable de lo que cabría sospechar de una convocatoria sistemáticamente vituperada por los oídos más atildados y sibaritas. Ante la ausencia de propuestas estrambóticas (los tiempos de los chikilicuatres parecen por ahora orillados), hubo ocasión de escuchar algunos pepinazos bailables, pequeñas dosis de rock tolerado para todos los públicos, un insólito puñado de melodías con deje oriental y dos o tres piezas muy decentes y alejadas del guion: el fenomenal góspel (con derivación en neosoul a la Beyoncé) de Alicja, la representante ¡polaca! (duodécima posición); el precioso pop ensimismado de ese chico lánguido checo, Daniel Zizka (decimosexto clasificado), al que le encantaría ser Tamino o Tom Odell; el impecable baladón mediterráneo del maltés Aidan (decimooctavio puesto), cuya Bella le convierte en una versión (inesperadamente) hetero de Jude Law en El talento de Mr. Ripley. E Italia. Siempre Italia. Sal da Vinci no necesitó ser particularmente guapo, joven ni estiloso para dar con Per sempre sì una lección de alegre electropop ochentero y acabar en quinto lugar. Orgullosamente cursi, bailable sin aspavientos, con esa capacidad que tiene esta gente de ser elegante de la manera en que en cualquier otro rincón del planeta resultaríamos horteras. Pino D’Angiò se nos marchó hace un par de veranos, pero anoche habría aplaudido a rabiar. La favorita entre las favoritas, la canción finlandesa, quedó relegada a la sexta plaza. La confluencia entre la virtuosa y rubicunda violinista Linda Lampenius y ese morenazo de barbita y pelo ensortijado, Pete Parkkonen, estaba llamada a grandes logros, pero Liekinheitin (Lanzallamas, en español) tiene algo de totum revolutum y funciona solo regular. Es una balada con arrebato clásico, ribetes electrónicos y mucho virtuosismo por parte de los dos protagonistas hasta el enloquecido arrebato final, pero no queda claro si el tema resulta a la postre apoteósico o solo un pelín histriónico. La vía australiana, que parecía la única alternativa firme a los fineses, tuvo que conformarse con un cuarto lugar. Y menos mal. Eclipse, la balada con introducción de arpa que defendía la cotizada Delta Goodrem, arranca con una sucesión de tópicos (“Shadows in the moonlight, dancing with the sun”, “Planets are lightning”, “Sky full of stars”) que parecían extraídos de un cursillo a distancia de inglés, en concreto del capítulo titulado Amores cósmicos. Luego se suceden un acelerón muy predecible y un estribillo a voz en cuello, con el colofón final de un ascenso rupestre de tonalidad mientras la artista sube a los cielos desde una plataforma. Goodrem exhibe una voz exuberante, eso es cierto…, a la que no se le puede poner otro pero que su parecido con su amiga/mentora Céline Dion. Los rumanos Alexandra Capitanescu, que sí aparecían tímidamente en los pronósticos, acabaron haciéndose con el bronce gracias a la muy simplona Choke Me, paradigma de dance machacón que se vuelve de pronto rockero a golpe de unos guitarrazos eléctricos que en sus pasajes eléctricos más parecen, vaya por Dios, una puesta al día de The Final Countdown. El final, por si nos faltaba algo, incluye unos fraseos agudísimos de soprano, uno de esos giros eurovisivos de manual. Mucha mejor suerte mereció correr en este capítulo la representante francesa, Monroe, cuya pieza se convirtió en la mejor embajadora del rollito Rosalía durante toda la velada (¿alguien pensó que una crónica musical en 2026 podía omitir al menos una mención a la autora de Lux?). Regarde! es chanson orquestal con tutti endiablado de cuerdas y, sí, un interludio de soprano en plena exhibición operística. Sus muchas semicorcheas en progresión ascendente son otro ejemplo evidente de cómo deslumbrar por la vía rápida, pero al menos se apartan de la morralla tecno-dance. Pudo irle mejor a la chipriota Antigoni, cuyo Jalla la presentaba como una especie de Shakira sensual y de modismos orientales, por si alguien entre el público conserva cintura y habilidades suficientes como para animarse con la danza del vientre. Nos dejaron muy perplejos los moldavos Satoshi (¡octavos!) un quinteto muy saltarín y políglota que con Viva, Moldova! se consagra a la exaltación turística: riman “Moldova” con “Vida loca” y esa especie de himno medio rapeado debería servirle desde ya a su Ministerio de Asuntos Exteriores como musiquita de espera telefónica. Y habrá que seguirle la pista, sí o sí, a Leléka (Ucrania, novena clasificada), que con Ridnym reivindica un precioso instrumento tradicional de cuerda pulsada, la bandura, introduce en mitad de la canción unas voces étnicas femeninas que recuerdan mucho al Misterio de las Voces Búlgaras y deja para el epílogo una sección de cuerdas bella y emotiva mientras la muchacha canta una nota infinita y dificilísima. Nada mal. Desconocemos si Ester Muñoz, esa catedrática en Musicología y experta mundial en geopolítica que ha escogido el PP para la portavocía del Congreso de los Diputados, se gastaría esta vez unos euritos en votar a Israel, como se jactó en un tuit hace ahora un año. Tampoco sabemos si el prorruso y euroescéptico Rumen Radev, reciente ganador en las legislativas búlgaras, se convertirá en un aprendiz de Orban. No podemos evitar un recuerdo al entrañable niñito austriaco Cosmó, el de la estrella azul dibujada en el ojo derecho, aunque es seguro que jamás habrá oído hablar de nuestro Ramoncín. Su Tanzschein, penúltima clasificada, es pop en alemán con un bajo muy fardón, un “Ey, ey” en el puente y un estribillo que juega a emular a los White Stripes. Solo nos queda la certeza de que Bangaranga nos ahorró esta vez un soponcio. A ver ahora cuánto sobreviven esas cuatro sílabas en nuestra memoria de rápido acceso.
Una ganadora insólita y divertida frente al enésimo trampantojo israelí en Eurovisión
Esta edición no dejó ninguna canción deslumbrante ni incontestable, y es probable que todas se nos hayan olvidado antes de que nuestros pies pisen este verano la arena de la playa
Versión A1
Preparando edición A1.
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