l pasado 9 de mayo falleció en la Ciudad de México doña Celia Chávez de García Terrés, hija del fundador de la cardiología mexicana, el doctor Ignacio Chávez, y hermana del también cardiólogo, Ignacio Chávez Rivera, a quien quise particularmente por su pericia médica y su capacidad de entrega a la salvación del cuerpo del enfermo y, si no, a la de su alma. La familia Chávez destacó de manera notable en el campo de la ciencia médica y la enseñanza universitaria y cultural de nuestro país, y por ello, el Instituto Nacional de Cardiología lleva ese ilustre apellido, ya que innumerables jóvenes de América Latina vinieron a México para formarse en cardiología en el hospital que enfermeras, médicos y pacientes llamaban “Cardio”. A los 10 años de edad, mi hermana Kitzia y yo conocimos a las hijas de médicos eminentes como Ignacio Chávez, Gustavo Baz, el gastroenterólogo, e Isamel Cosío Villegas, que dieron su nombre a los altos hospitales que hoy por hoy siguen encabezando a la medicina mexicana. Carolina Amor de Fournier, fundadora de la Prensa Médica Mexicana, nos llevó a bailar a las celebraciones de cumpleaños y a los homenajes a médicos de talla excepcional: Ignacio Chávez, Salvador Zubirán, Ismael Cosío Villegas. A mis 94 años, todavía recuerdo que mi hermana y yo bailábamos frente a un coro de médicos de bata blanca que nos alentaban con su sonrisa: Chávez, Zubirán, Cosío Villegas, Sepúlveda, Fournier, Baz, quienes fundaron hospitales que se concentraron en el sur de la capital. En esos primeros años, Celia y yo rondábamos los 10 o 12 años de edad, e Ignacio Chávez Rivera, su hermano mayor, muy guapo, se formaba en Estados Unidos y en Francia en la especialidad de su padre: la cardiología. Para aparecer en público, Kitzia, Ana Elena y Patricia Baz nos sometíamos a los jalones de Esperanza, quien torturaba cabezas al convertirlas en monumentos. Pequeña de estatura y vestida de blanco, como enfermera, enchinaba cabelleras que se mantenían erectas gracias a una lluvia de laca capaz de enfrentar todas las tormentas. Ese casco romano defendía nuestra virginidad y protegía nuestra inocencia. De toda América Latina y hasta de Estados Unidos llegaron a la Ciudad de México futuros médicos para formarse en los prestigiosos Institutos de Cardiología y Nutrición, Enfermedades Tropicales y Cancerología, que muy pronto adquirieron reconocimiento internacional. Por su lado, Celia Chávez, antes de casarse con el poeta, director de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y embajador de México en Grecia, Jaime García Terres, hizo dos muy buenas carreras de bibliotecaria y enfermería, acompañada por Ofelia de la Lama, quien habría de casarse con Ignacio Chávez Rivera. A su vez, Celia formó parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores, lo cual le permitió ejercer el arte de la diplomacia en varios idiomas y a responsabilizarse de misiones especiales en países y centros de estudios europeos y estadunidenses. Jaime y Celia se conocieron en París, en 1950, cuando él estudiaba en la Sorbona. En 1960 se casaron y después del nacimiento de sus dos primeros hijos, Alonso y Ximena, Jaime fue nombrado embajador de México en Grecia. En esa encomienda, dejaron una gratísima impresión de México no sólo en los medios diplomáticos, sino en los intelectuales griegos, ya que Celia ensalzó las costumbres y las artes mexicanas y las hizo parte de nuestras relaciones exteriores. En febrero de 1978, entrevisté a Jaime García Terrés, quien me relató su estancia en Grecia como embajador: “Me embarqué como caracol con todo y su casa. Esta última fue una experiencia mucho más profunda por varias razones. En primer lugar, porque es radicalmente distinto viajar en Grecia que vivir en ella. En segundo lugar, porque en el curso de esos tres años, viví una multitud de crisis tanto personales como las del país, tanto internas como externas. En tercer término, no era yo un residente cualquiera, era el embajador de México, y lo que es más, el primer embajador que allí tenía su residencia”. Celia y Jaime tuvieron que acondicionar su casa en Grecia y mexicanizaron la diplomacia además de criar a sus dos primeros hijos: Alonso y Ximena, uno historiador y otra pintora. El tercer hijo, Ruy, nació, en 1968, y ha destacado como compositor en Estados Unidos. Los hijos mayores aprendieron griego en las playas de Mykonos y Santorini. Celia recibía a amigos universitarios con primor y ofrecía manjares regocijantes a personalidades de la época como Alfonso García Rboles y Rosario Castellanos. También Celia promovió actividades culturales al lado del rector de la UNAM, Guillermo Soberón, Víctor Flores Olea, William Styron, Susan Sontag, Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero y Julieta Campos, quienes más tarde habrían de fundar la revista Política, dirigida por Manuel Marcué Pardiñas. Muy reconocida por su amor al arte popular, especialmente por sus Nacimientos, Celia reunió piezas únicas de todos los estados de la República Mexcicana: pastores, burritos y Reyes Magos de barro y de porcelana que más tarde se exhibieron en el Museo de Culturas Populares, en Coyoacán. Esa gran exposición provocó la dicha de nacionales y extranjeros apantallados por la hermosura de las figuras antes consideradas comunes y corrientes. También Celia fue tesorera de la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz, y colaboradora de Artes de México, revista de Alberto y Maggie Ruy Sánchez, a quienes acompañó a ferias y exposiciones; así como a descubrir, a lo ancho y largo de México, tesoros de arte acompañada por Juanita García Robles, esposa de uno de los mejores secretarios de Relaciones Exteriores de México. Con Tere García Gayou, Celia, gran lectora, fundó, Librium, una galería, en el sur de la Ciudad de México, en la que era posible encontrar tesoros y libros ya fuera de circulación. Una de las curiosidades de Celia fue coleccionar caracoles y conchas que las olas dejan en la arena de playas y arrecifes. Para sus invitados resultaba curioso ver sus vitrinas en su casa, cubiertas de tesoros marítimos que iban de lo más espectacular a lo más humilde, porque Celia abarcaba todo y nunca desdeñó ni una cucarachita. Tengo el privilegio de ser madrina de su hija, Ximena García Chávez. Celia fue mi comadre durante una época de victorias y derrotas que celebró con júbilo o tristeza, porque nadie como ella para compartir su amor por México y sus fiestas populares. Siempre abrió sus brazos a creadores y a artesanos. Museógrafa, Celia fue también una ama de casa prodigiosa. Cada encuentro en su hogar era un estallido de luces en el que nos ofrecía huauzontles, hongos, codornices, escamoles y gusanos de maguey servidos en vajillas que sólo ella había descubierto. Celia viajó a todos los países en los que su padre, el cardiólogo Ignacio Chávez, fue recibido con honores y de cada lugar pudo traer la originalidad que atraparon sus ojos color de sulfato de cobre. Se convirtió en una fotógrafa nata. Me sorprendía también que su padre me recibiera con un “quihúbole” que no coincidía con su investidura de eminente científico. Celia hizo gran amistad con Gabriela von Humboldt, nieta de Humboldt, el explorador y naturalista alemán que llegó a México en el siglo XIX y bautizó a nuestra capital “la ciudad de los palacios”. Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Octavio Paz y Remedios Varo la admiraron y recurrieron a sus conocimientos sobre arte popular, así como Fernando de Szyszlo rivalizó en los muros de su casa con Orozco y Diego Rivera. Conservo una foto del día de su boda con Jaime García Terrés y me emociona devolverle su sonrisa. Pude visitarla poco antes de su partida y la encontré en un sillón reposet rodeada por libros y obras de arte en una recámara que bien podría considerarse un museo. Sonreía luminosa, contenta de llegar bien a sus 96 años muy bien vividos. Me despedí de mi amiga eterna. Descanse en paz, Celia Chávez de García Terrés.
Elena Poniatowska: La amiga eterna
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