Raúl Castro, el gran símbolo de la Cuba revolucionaria, en la mira del Gobierno de Estados Unidos El hombre que pasó de ser la sombra de su hermano Fidel a convertirse en el estratega implacable del régimen será acusado el miércoles por el Departamento de Justicia A sus 94 años, retirado formalmente de los cargos públicos pero manteniendo el control del buró político, el último gran símbolo del castrismo, el expresidente de Cuba Raúl Castro, ve cómo el cerco estadounidense comienza a apuntar directamente hacia él. El implacable militar cubano será acusado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos el próximo miércoles, en una medida que, junto a la asfixia energética impuesta, muestra el nivel de presión que Washington ejerce contra el régimen para forzar un cambio de timón en un país sumido en una profunda crisis económica y social. Un funcionario del Departamento de Justicia citado por la agencia Reuters informó de que los fiscales federales concretarán la acusación formal contra Castro en Miami, epicentro de una diáspora que ha esperado durante décadas un cambio político en la isla, localizada a 368 kilómetros. La acción por la que el Gobierno estadounidense pretende acusar a Castro ocurrió el 24 de febrero de 1996, cuando cazas MiG de la Fuerza Aérea cubana derribaron dos avionetas civiles Cessna 337 de la organización Hermanos al Rescate, integrada por exiliados. El incidente, ocurrido en aguas internacionales del estrecho de la Florida según la OACI —aunque Cuba alegó una violación de su espacio soberano—, resultó en la muerte de cuatro voluntarios que se dedicaban a avistar balseros en el mar. El hecho marcó un punto de ruptura irreversible en las ya gélidas relaciones entre Washington y La Habana. Castro era ministro de Defensa en ese entonces. El Gobierno cubano argumentó que su respuesta fue legítima por la violación de su espacio aéreo. “Hay que tomar esto [la imputación] con pinzas y esperar a ver si se concreta. Parecería esquizofrénico que el Gobierno de Estados Unidos envíe nada menos que a uno de los más importantes jefes del aparato de inteligencia [a negociar a Cuba] y, al mismo tiempo, esté preparando una operación como la de Venezuela. Realmente no le veo sentido; sería absurdo para Estados Unidos combatir a su interlocutor principal”, afirma el periodista Gerardo Arreola, quien vivió durante 16 años en La Habana como corresponsal para medios mexicanos y es autor de Cuba, el futuro a debate (Debate). “Cada vez que hay algún movimiento que facilita la distensión o el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos —y esto es histórico—, surgen reacciones encontradas dentro de la propia administración norteamericana. Es algo casi cíclico: hay un intento de acercamiento y muy frecuentemente aparecen tendencias, versiones o especulaciones que van en sentido contrario”, agrega el periodista. No es una situación cómoda para un hombre que blindó su poder bajo la estructura monolítica de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Si su hermano Fidel era la retórica y la utopía, Raúl fue el burócrata de uniforme, el organizador del Estado y el estratega de la supervivencia del régimen tras la caída del bloque soviético, el otrora gran aliado y proveedor de la Revolución. Sin embargo, el blindaje institucional que construyó durante más de medio siglo empieza a mostrar fisuras ante la presión de organismos internacionales y denuncias de crímenes de lesa humanidad que buscan romper la impunidad histórica de la cúpula de La Habana. El nombre de Raúl Castro (Birán, Holguín, 1931) fue durante décadas sinónimo del ala más pragmática, pero también más implacable, de la revolución cubana. Él pasó de ser la sombra de su hermano Fidel a pilotar la transición controlada de la isla y el histórico deshielo con Estados Unidos, durante el gobierno del demócrata Barack Obama. Bajo su mandato (2006-2018) la isla experimentó una apertura económica tímida pero crucial, y una reinserción diplomática que culminó con la visita de Obama en 2016. “Mientras viva, Raúl va a ser el jefe de la revolución”, afirma el periodista Arreola. “En el lenguaje oficial en este momento se le llama ‘el líder al frente de la revolución’, para distinguirlo del ‘líder histórico’, que solamente hay uno y fue Fidel Castro. El concepto de que siempre hay un líder, porque en la medida que hay líder hay revolución y viceversa, es algo muy arraigado en el sistema político cubano. Raúl tiene ese peso simbólico, que es lo más importante, y luego el reconocimiento de su experiencia y autoridad dentro de las Fuerzas Armadas, los órganos de seguridad, el partido y el Gobierno. Él es la última instancia por encima de diferencias o posibles discusiones”, explica. Detrás de la fachada de reformador que Castro quiso vender al mundo se escondía, sin embargo, el poder de un hombre que mantuvo afilado el aparato de inteligencia y control social que él mismo diseñó desde los años sesenta. Y, de su mano, la represión en un país cada vez más hastiado por la escasez económica —agravada por la asfixia impuesta por EE UU— y la cerrazón del régimen. El foco sobre Castro llega en el momento de mayor vulnerabilidad para el modelo cubano. Aunque aún tímidas, en las calles de las ciudades cubanas se ven manifestaciones y caceroladas. En la memoria aún están frescas las protestas del 11 de julio de 2021, cuya respuesta represiva fue operada por la estructura que él legó al actual presidente, Miguel Díaz-Canel. La apertura de procesos o informes internacionales que señalan a Raúl Castro como el máximo responsable de la persecución política debilitan la última línea de defensa ideológica de la isla. “No creo que el régimen vaya a ceder fácilmente a una liberación masiva e incondicional”, afirma Camila Rodríguez, fundadora y directora de Justicia 11J, una organización de activistas, y también exiliada. “Lo que sí parece observarse es un intento de sacar de prisión a determinados nombres muy visibles internacionalmente, especialmente aquellos que suelen mencionarse en reuniones diplomáticas o informes internacionales. Sin embargo, en varios casos la condición implícita o explícita ha sido el exilio, y muchas personas no están dispuestas a aceptar esa salida”, apunta. “Hay un desgaste social muy grande”, sostiene Arreola. “En los últimos días las protestas populares se han multiplicado: marchas hacia los centros de autoridad local y cacerolazos, sea con gente en la calle o desde las ventanas. El descontento ya es muy grande. Si a la falta de luz y de agua le agregas tener a un hijo, un hermano o un padre en la cárcel por salir a gritar lo que siente, es evidente que hay un deterioro del consenso respecto al apoyo histórico al gobierno”, prosigue. La juventud revolucionaria de Raúl Castro estuvo marcada por la lealtad incondicional a su hermano Fidel, una relación en la que el hermano menor asumió el rol de ejecutor pragmático. Desde el asalto al cuartel Moncada, mito fundacional de la Revolución, y el exilio en México, hasta los días de Sierra Maestra, Raúl fue el organizador en la sombra, el hombre que institucionalizó el aparato militar y de seguridad que garantizó la supervivencia del régimen. Fue el burócrata que salvó al sistema tras el colapso soviético y el arquitecto de una maquinaria de control social que hoy, en el ocaso de su vida, define el juicio de la historia sobre su figura. “Raúl está muy mayor. Cuando ya no esté, desaparecerá la generación de la revolución cubana. Quedan veteranos como Ramiro Valdés o Machado Ventura, pero ambos son también nonagenarios y no es que haya un gran relevo”, comenta Arreola. “El sistema político, en abstracto, puede sobrevivir a los liderazgos históricos porque los factores reales de poder (el Gobierno, el aparato empresarial militar, el partido y los órganos de seguridad) se requieren mutuamente y se complementan. Tienen rutas y destinos comunes. El problema es el inmovilismo: la dirigencia cubana se ha tomado el tiempo como si lo pudiera detener. Llevan casi 40 años desde la caída del muro de Berlín y no han emprendido una reforma integral. Mantener el inmobilismo no va a ser una buena idea”, sostiene el periodista. Raúl Castro, que ha visto morir a la vieja guardia de la revolución, se mantiene como el último guardián de ese secreto de Estado llamado Cuba. Poner al gran símbolo en la mira de la justicia es, en el fondo, juzgar a un sistema entero. Para La Habana, cualquier señalamiento contra el menor de los Castro es catalogado de inmediato como una agresión imperialista. Para las víctimas de la disidencia y el exilio, sin embargo, es una oportunidad histórica.
Raúl Castro, el gran símbolo de la Cuba revolucionaria, en la mira del Gobierno de Estados Unidos
El hombre que pasó de ser la sombra de su hermano Fidel a convertirse en el estratega implacable del régimen será acusado el miércoles por el Departamento de Justicia
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