Cuba, en las manos de Trump: “Lo peor es confiar en un mesías de fuera porque somos incapaces de salvarnos” La población de la isla, al límite de la supervivencia, aguarda entre la angustia y la esperanza los resultados de las negociaciones entre Estados Unidos y un castrismo cada vez con menos margen de maniobra Cuando vio en Facebook la noticia por primera vez, pensó que debía tratarse de uno de esos bulos que corren por las redes sociales. Era demasiado inverosímil, un disparate. Pero poco después el director del colegio donde trabaja reenvió al grupo de profesores un mensaje que empezaba con el clásico tono de parte de guerra: Información del Gobierno Revolucionario. Entonces no dudó. La información era real. El director de la CIA se acababa de reunir en La Habana con los altos mandos del aparato de seguridad e inteligencia cubano. “Me costó aceptar que no era una vil mentira”, explica por teléfono esta profesora de 30 años, que pide anonimato. Su sorpresa es compartida por muchos cubanos, que asisten atónitos y ansiosos al nuevo camino abierto para su país. Una especie de colofón para la eterna Guerra Fría que cada vez parece más irremediable: la asfixia energética impuesta por Donald Trump desde finales de enero ha llevado a la población a una situación terminal, y a la cúpula política del castrismo a una negociación en marcha que dura ya más de dos meses. Una ruta todavía plagada de incógnitas, angustias y esperanzas que recorren la isla. La visita de la delegación de la CIA, encabezada por su director, John Ratcliffe, que llegó a La Habana el jueves en el avión militar de los viajes de Estado, es el mayor hito hasta ahora en unas negociaciones rodeadas de oscurantismo. En estos dos meses ha habido otros encuentros, pero ninguno comparable con un peso político y, sobre todo, simbólico comparable al de este jueves. La agencia estadounidense de inteligencia ha sido el gran demonio de la aventura castrista desde el inicio. En sus incendiarios y kilométricos discursos, Fidel Castro solía llamar a la CIA el “brazo ejecutor” del imperialismo estadounidense, los responsables de incontables intentos de golpes, sabotajes y asesinatos en su contra. Incluida la invasión en 1961 de Bahía Cochinos, el desembarco de unos 1.500 exiliados cubanos entrenados y financiados por Washington para acabar con la revolución. Todo cubano ha crecido atravesado por esos fantasmas, en estado de alerta permanente. La profesora treintañera, que da clases en un colegio del barrio habanero Diez de Octubre, recuerda que “el Gobierno ha especulado toda la vida” con la amenaza, real o exagerada, de que “los americanos vienen a la guerra”. En las universidades todavía se imparte una asignatura troncal llamada Preparación para la Defensa. “Nos educan para que estemos preparados”, continúa la profesora, “y creo que ha calado tan profundo que ahora mismo la gente lo que sueña es que vengan de verdad. Lo más duro es la espera de un mesías que venga de fuera porque nosotros somos incapaces de salvarnos”. Como una premonición, el mismo día de la visita de la CIA, el jueves, empezó a correr por los teléfonos de los cubanos un mensaje inquietante y con aires del pasado. Un comunicado firmado por el Ejército, pero sin confirmación oficial, advirtiendo de que Cuba se encuentra “en el umbral de la Opción Cero”. Ese era uno de los escenarios que planteaba el castrismo en los años noventa tras la caída de la Unión Soviética. Sin los envíos de petróleo desde la URSS, el régimen tenía un plan extremo para sobrevivir: racionamiento estricto, suspensión del transporte público o cierre temporal de colegios y universidades. La asfixia no fue total y el régimen nunca llegó a apretar ese botón. Pero ahora, tres décadas después, esa opción cero es un hecho. Un día antes de que empezara a correr el rumor por los celulares, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, anunciaba que a Cuba no le queda ni una gota de combustible. “No tenemos absolutamente nada combustible. Ya no tenemos reservas”. Los cubanos se lanzaron a comprar provisiones en las ya de por sí mermadas tiendas del país. “La gente anda comprando cosas enlatadas y pan porque con los apagones se les jode la comida”, cuenta un taxista de La Habana, que también pide no dar su nombre. A los apagones, constantes y cada vez más prolongados, hay que añadir problemas graves en servicios básicos como hospitales o transporte. La Universidad de La Habana, la más antigua y símbolo de la educación cubana, lucía estos días vacía y cerrada. “La sensación es de un lugar muerto, donde el espíritu juvenil y universitario se murió, se esfumó, yo qué pinga sé”, añade el taxista. El panorama no es mucho mejor en una de las joyas turísticas del país. Lourdes, de 63 años, es una vecina de Cárdenas, un pequeño municipio cercano a Varadero, el pulmón playero cubano. Cuando habló por teléfono para este reportaje, el barrio llevaba más 40 horas sin luz. “Por suerte tengo un panel que compré con el dinero que me mandan de fuera”, dice sobre los dólares que le llegan de extraperlo, fajos metidos en una maleta, de su familia en Estados Unidos, uno de pocos salvavidas de muchos cubanos. “La gente sobrevive con lo que puede. No hay agua porque no se puede bombear sin electricidad. La comida, la poca, se echa a perder. Los precios están por los aires y lo que está en buen estado lo cobran en dólares. Esto no es vida”. Sobre los inmensos hoteles a pie de playa, asegura que “ahí sí que tienen luz”. Ayuda y protestas La presión ha sido tanta que el régimen castrista, acorralado como nunca, se ha visto obligado a aceptar la ayuda de 100 millones de dólares ofrecida por el Departamento de Estado de EE UU a cambio de “reformas significativas en el sistema comunista de Cuba”. Los términos de la negociación, basada en la lógica trumpista de ofertas y castigos, siguen siendo una incógnita. Pero la retórica guerrera del castrismo se ha ido suavizando. Sobre la reunión con la CIA, el Partido Comunista de Cuba la encuadró en “parte de los esfuerzos por afrontar el escenario actual”. Ante la situación cada vez más límite, la población ha protagonizado protestas medidas, conscientes de la dureza de la represión. En medio del colapso, el aparato represivo castrista es de lo poco que sigue en pie. “Aquí la gente se tiró para la calle”, cuenta la vecina de Varadero. “Pero luego llegaron de esos [en referencia a los boinas negras, el cuerpo especial del Ministerio del Interior encargado de desactivar y reprimir la protesta]. Si sales a protestar, te desaparecen. Y toda la calle está llena de chivatones”. El taxista de La Habana añade que son habituales “los gritos en la calle, lo mismo del albañil que del médico que del botero: “¡que se caiga esta pinga ya!”, “¡estoy cansado de toda esta pinga!”. Y ya los más atrevidos “¡abajo el Gobierno!”. Los testimonios recabados en la capital hablan de calles cerradas en la noche por los basureros incendiados, gasolineras atacadas a pedradas, gente en la calle tocando calderos y cacerolas. Abel, de 45 años, es otro taxista de Guanajay, un municipio de la provincia rural de Artemisa, a las afueras de la capital, donde trabajaba hasta enero. Sin gasolina y sin trabajo regresó a su ciudad, donde afirma que “hay espionajes en las redes”. “Si te cogen hablando de algo que sea en contra de ellos, te desaparecen. El pueblo ya no quiere comunismo. Hemos visto cómo se les ha caído una mentira que ha durado por más de 60 años. Yo no sé qué pensar de los americanos, pero espero que nuestra vida mejore”, zanja. La organización Prisoners Defenders ha registrado hasta abril un total de 1.260 presos políticos en Cuba, 10 más que el mes anterior. Alertan de una “intensificación imparable” de la represión, con “detenciones arbitrarias, desapariciones temporales, amenazas, campañas de descrédito y criminalización de cualquier forma de expresión crítica”. ¿El día D? Hay una fecha que se repite en varios de los testimonios recabados para este reportaje. Es el 20 de mayo, el Día de la Independencia, que conmemora la liberación de la ocupación militar estadounidense. En esa simbólica fecha se consumará, según varios medios estadounidenses que citan fuentes de alto nivel, una denuncia penal del Departamento de Justicia de EE UU contra el expresidente cubano Raúl Castro. Uno de los últimos guerrilleros que bajaron de las montañas y el histórico líder del Ejército Revolucionario. Desde Bayamo, una ciudad al sur de la isla, Maydelis Solano asegura que “hay mucha expectativa”. “La gente piensa que se está acercando el día 20, que va a haber un cambio. La gente quiere que se vayan los Castro. Que se vayan todos, porque si no no vamos a mejorar”, señala. Según Lourdes, la vecina de Varadero, “no se habla de otra cosa”. “Dicen que la bomba caerá el día 20. Yo no sé, pero hay ya tanta miseria que a la gente le da igual matar o ser matada”. De cumplirse el procesamiento de Castro, se estaría repitiendo de algún modo el patrón que siguió Trump en Venezuela. Primero los jueces ponen el objetivo en la diana, y después los militares ejecutan la captura. Así sucedió con el secuestro quirúrgico de Nicolás Maduro a comienzos de año. Para el historiador y politólogo Armando Chaguaceda, sin embargo, “la estructura de poder cubana es más homogénea y compacta”. “No es un grupo de clanes como el caso de Venezuela. Por eso algunas lecturas apuntan a que podría resistir mejor el asedio norteamericano, pero a la vez podría desencadenar un colapso de la estructura porque está muy centralizada”. Los Castro han pilotado el país con mano de hierro durante más de 60 años, solo abiertos a ligeros cambios en los momentos más difíciles para garantizar su supervivencia sin perder nunca el poder. Así fue la sucesión en 2018 en Miguel Díaz-Canel, el primer presidente sin el linaje de los guerrilleros. Un capítulo, en todo caso, que se ha desarrollado bajo diseño y supervisión de la dinastía Castro. Hijos, yernos o nietos de la familia ocupan todavía cargos claves en el aparato del régimen, como muestra la presencia de Raúl Guillermo Rodríguez Castro en la mesa de negociación de este jueves con la CIA. Conocido como El Cangrejo, el nieto y guardaespaldas de Raúl Castro ha sido una constante en casi todos los momentos clave de la negociación entre La Habana y Washington a lo largo de este año. El ejemplo venezolano no provoca mucho entusiasmo en la isla. “Tengo conocidos venezolanos que hicieron fiesta después de lo de Maduro y ahora están decepcionados. No creo que los americanos sean salvadores. Es un error”, cuenta Talía, 38 años, una pequeña empresaria del barrio habanero de Miramar. Las cosas no le han ido mal al calor de las tímidas reformas económicas del régimen, que ha abierto la mano levemente al mercado. Sus hijos viven en Italia y su análisis de la situación es sombrío. “El cubano mata a cubano. Creo que entre nosotros mismos nos hemos hecho más daño que el bloqueo. Los de dentro y los de fuera. Los que tocan las calderas también se roban al día siguiente cosas de las bodegas”, resume. Habla de desolación y desencanto para definir el estado de ánimo en la isla: “Estamos todos en una especie de depresión colectiva. La alegría del cubano se ha ido”.
Cuba, en las manos de Trump: “Lo peor es confiar en un mesías de fuera porque somos incapaces de salvarnos”
La población de la isla, al límite de la supervivencia, aguarda entre la angustia y la esperanza los resultados de las negociaciones entre Estados Unidos y un castrismo cada vez con menos margen de maniobra
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