e ha puesto otra vez en el tapete hacer un balance de la época colonial, con la intempestiva visita de la señora Díaz Ayuso, verdadera hincha pelotas, que vino a plantar una pica en el Zócalo, defendiendo, nada más y nada menos, que a Hernán Cortés. Todo tiene un devenir, hay artes y oficios que se pierden, otros que perduran y muchos más que se transforman. Las razones pueden ser diversas, unas se exterminan, otras se prohíben, otras se fomentan, unas más se transforman, evolucionan. Un arte del que se habla y conoce muy poco es el del tatuaje y las escarificaciones, tremendamente popular entre la población autóctona de las américas y que fue borrado del mapa, de manera fulminante. Toda la cerámica prehispánica da muestra de una gran tradición, variedad y técnicas del tatuaje en diferentes etnias y culturas americanas. Quizá el único lugar donde sobrevivió fue en las comunidades amazónicas, donde llegó muy tarde la Iglesia y la modernidad. Además de las múltiples representaciones del tatuaje en la cerámica precolombina, hay numerosos ejemplos de momias con tatuajes, especialmente las del Perú, como las serpientes en los brazos y dedos de la Señora de Cao. En México también hay un ejemplo en la Momia Tolteca, encontrada en 1889 en Santa María Camotlán, Oaxaca, que tiene hermosos tatuajes geométricos. El tatuaje es tan antiguo como universal, es seña de identidad y pertenencia, es arte, es cultura. No hay que ser adivino para afirmar que la Iglesia tuvo qué ver en este asunto de la erradicación, como si fuera una plaga maligna, maléfica. Un asunto, disque civilizatorio. La erradicación de idolatrías en México fue tenaz, implacable y se llevó de paso a obras de arte monumentales. Pienso en los talladores, los maestros picapedreros que esculpieron la Coatlicue, la Coyolxauqui, e incluso la Tlaltecuhtli, que según dicen, llegó navegando por Texcoco. Estas tres señoras son ejemplos magníficos del diseño, concepción y ejecución del tallado en piedra, verdaderas obras maestras. ¿Dónde están estos talladores de tlálocs, chacmoles, serpientes emplumadas y tantas otras magníficas esculturas, que en estos días, precisamente, se exponen en Madrid. Hay ejemplos de este expertise en algunas iglesias coloniales, sobre todo barrocas, en columnas, cruces y pilas bautismales. También quedaron algunos picapedreros que hacen molcajetes y metates, pero quedan muy lejos de las que hemos venido señalando. Ciertamente, todo un arte y una tecnología que se perdió. En el Perú prehispánico se dieron también ejemplos monumentales del manejo de la piedra para la construcción de casas edificios y fortalezas como Sacsayhuamán, el Coricancha, Machu Picchu... Construcciones sobrias, sin mayores detalles o adornos que los que ofrece la perfección, el cuidado y el encaje perfecto de piedras con volúmenes asimétricos. La solidez y la perfección de las construcciones incas en la ciudad del Cusco le valieron la preservación de muchos de sus edificios, calles y trazado urbano. A diferencia de la Ciudad de México, donde la mayoría de sus edificios quedaron sepultados y se construyó encima. Siglos después se han podido rescatar las bases del templo mayor y otros edificios, pero mucho antes incluso que Tenochtitlan, tenemos ejemplos de grandes ciudades que todavía guardan parte de su esplendor, como Teotihuacan, un espacio construido y diseñado de dimensiones colosales. Y los ejemplos se multiplican por todo el territorio, como la ciudad del Tajín y la pirámide de los nichos; la de Chichén Itzá, que articula ingeniería, arquitectura y astronomía de manera única e irrepetible; la de Monte Albán, en Oaxaca, con una plaza inmensa de una acústica sorprendente. Dicen que cuando los españoles conquistadores llegaron a Cholula no daban crédito del tamaño de la pirámide, pero, sobre todo, dicen los cronistas, de las dimensiones, diseño y orden de la ciudad. Sólo quedan restos y una pirámide trunca con una iglesia construida en la cima, como símbolo de superioridad y dominio. Para encender más la polémica, a su regreso a Madrid, la señora Díaz Ayuso dijo: “México no existió hasta la llegada de los españoles”. Ella confunde el antes con el después. En efecto, el México antiguo de indios tatuados y de guerreros emplumados, de grandes talladores, tatuadores, ceramistas, tejedores, arquitectos y astrónomos dejó de existir después de la llegada de los españoles. Como quiera, en su caso persiste esa pretensión y prurito de superioridad, algo que también distinguía a Hernán Cortés.