Juan Francisco Fuentes, historiador: “Nadie podía imaginar que Adolfo Suárez fuera el candidato del Rey. Es el resultado del éxito de su camuflaje” Ante el 50º aniversario de su designación como presidente del Gobierno, el autor de su principal biografía política disecciona el carácter del protagonista de la Transición y analiza las relaciones que mantuvo con el Rey Juan Carlos Tras pasar por la puerta del tiempo de la Real Academia de la Historia, en la calle León de Madrid, un ujier sale de la portería. Abre la puerta del ascensor, la cierra y avisa al ujier de la tercera planta, que se encarga de abrir la puerta. El pasillo está vigilado por retratos decimonónicos de antiguos académicos. El profesor Juan Francisco Fuentes (Barcelona, 1955) espera en una sala elegante, sobre la mesa un vaso con el escudo de la RAH. Hoy Fuentes es uno de los principales contemporaneistas y fue merecedor del último Premio Nacional de Historia por Bienvenido, Mister Chaplin. El proyecto de escribir la biografía de Adolfo Suárez surgió durante la primavera de 2008, en una conversación en Estados Unidos con Juan José Linz, el padre de la ciencia política en España. Hablaron de los discursos de deslegitimación de la Transición. Linz, que conocía algunas de las biografías que había escrito Fuentes, le planteó el reto de investigar sobre Suárez. Se publicó en 2011. Ahora la reedita en una versión más sintética y actualizada Pregunta. ¿Cómo era Adolfo Suárez? Respuesta. Conocemos las circunstancias de su vida, sus limitaciones intelectuales, su carrera anterior a la presidencia… Pero hay un plus que no sabemos muy bien de dónde sale y lo convierte en un personaje decisivo. La falsa paradoja de Suárez es que sabiendo tan pocas cosas, por ejemplo, de la historia de España, pudiera cambiar el curso de la historia. P. ¿Cómo se explica? R. Ha estado construyendo en la sombra un personaje que nadie conoce. No lo había compartido con nadie o con casi nadie. Eso hace que, desde la tarde que el Rey lo nombra presidente, tome decisiones que sorprenden a propios y extraños. Es una mezcla de intuición, imaginación, paciencia y ambición personal, que es la adrenalina de la política. P. En algún momento, al reflexionar sobre la biografía, se ha referido a la fuerza que la conciencia de clase tiene en el comportamiento individual. ¿También en Suárez? R. Puede parecer un tanto extraño mezclar biografía con marxismo, pero hay conciencia de clase en Suárez, sí. De desplazado, como mínimo desde el momento en que pisó Madrid en los años cincuenta. No estaba invitado a formar parte de la elite. P. ¿Pero se incrusta en ella? R. Se integra con cierta facilidad porque se vende siempre como un político de perfil bajo. Y eso hace que no desconfíen de él. Así se explica que en 1976 entre en la terna para la elección de presidente. Nadie podía imaginar que fuera el candidato del Rey. Es el momento culminante de una estrategia de aproximación al poder que venía practicando desde el principio. El resultado del éxito de su camuflaje. P. ¿Camuflaje? R. Su estrategia para ir haciendo carrera. No pertenece a los grandes apellidos del régimen, no pertenece a ninguno de los grandes lobbies. Pertenece a una familia dividida políticamente que es fruto de la ruptura entre las dos Españas. Una de sus grandes escuelas de poder, en democracia y dictadura, es el medio televisivo. No se entiende a Suárez sin la televisión. P. ¿Cuáles eran sus virtudes? R. Es intuitivo. Tiene imaginación. Aprende rápidamente. Una de sus grandes escuelas de poder, en democracia y dictadura, es el medio televisivo. No se entiende a Suárez sin la televisión. P. ¿Es el presidente de la democracia para quien más importante ha sido la televisión? R. Es el espejo en el que se mira y el espejo le devuelve la imagen que le gusta. La química que tiene con la televisión es proporcionalmente inversa a la relación más bien negativa que tiene con el Parlamento P. “Infinita confianza en sí mismo”, “obstinación en llegar a ser algo grande”, “entender la política como un ejercicio de audacia permanente”, “aprendió la retórica gestual del poder”. ¿El presidente que más se parece a Suárez es Pedro Sánchez? R. Esa es una pregunta que me han hecho alguna vez. No veo paralelismo alguno. Que cada uno saque sus conclusiones. Las circunstancias políticas, históricas, han cambiado tanto, que dos personajes, aunque fueran parecidos, darían un resultado completamente distinto. P. Tras describir el encuentro con el príncipe Juan Carlos afirma que eran almas gemelas. R. Hay un factor de identificación: la generación. La Transición es obra de una generación, la de los nacidos entre 1932 y 1942 (Suárez es del 32, Juan Carlos del 38, González del 42). Comparten una voluntad, si se quiere vaga o intuitiva, de cambiar el curso de la historia, superar los traumas del pasado, la Guerra Civil, que fue la obra de sus mayores. Los dos pertenecen a familias desestructuradas. Han sentido el desamparo. Cuando les llegue el momento de mandar, no querrán saber nada de los mayores P. ¿El camuflaje y la ambición? R. Fueron subestimados por quienes los conocieron antes de llegar al poder. Aunque la palabra pueda sonar más o menos fuerte, tuvieron la habilidad de camuflarse frente a aquellos que podían interponerse en el cumplimiento de su ambición. P. ¿Fue Suárez elegido presidente para interpretar un papel? R. Le contesto con un símil conocido. La Transición es una obra de teatro en la que Suárez es el protagonista, Fernández Miranda el director de escena y el Rey, el empresario. Puede ser bastante cierto y es muy sugerente, pero hay algo que no sé dice: ¿quién ha escrito la obra? No hay libreto. Y eso permite a Suárez ir adaptando sobre la marcha el desarrollo de la acción a las circunstancias que se van produciendo. P. En la biografía de Fernández Miranda o en las memorias del Rey sí aparecen como autores de la obra. ¿Fue así? ¿Qué papel otorgaban a Suárez? R. A Fernández Miranda podría considerárselo el autor del primer acto. Pero es que la obra da un giro de guion espectacular. ¿Pensaban el Rey y Torcuato que estaban llevando a la presidencia a alguien que ejecutaría sus designios? Probablemente sí, en el caso de Torcuato, sin duda. En sus papeles viene a decir que era un personaje disponible. Pero a partir de su designación y de la aprobación de la Ley para la Reforma Política, Suárez empieza a actuar por libre. Lo tenía preparado. P. Describe las gestiones de Juan Carlos con las monarquías del Golfo Pérsico para financiar UCD. ¿Cómo se explica? R. Hay que saber en qué momento se produce. En una fase muy temprana de la Transición. Su argumento es que los partidos que van a desempeñar un papel importante tienen una fuente de financiación que les va a permitir actuar. UCD no. Creo que el Rey está pensando en el cumplimiento de una serie de etapas para configurar el marco estable de la monarquía parlamentaria. Y la derecha dinástica, que ha ganado a través de UCD, no tiene financiación. Hay que ayudarle. P. ¿Hasta qué punto el Rey actuaba entre bambalinas? R. Menos de lo que dicen sus memorias y más de lo que se dijo entonces. El poder lo encarna Suárez, pero el Rey tiene un papel fundamental en la sombra. En política exterior, en la relación con las Fuerzas Armadas. Sin su apoyo, a Suárez el ejército se le habría ido de las manos tras la legalización del PCE. P. ¿Cómo empieza a desintegrarse la estructura de poder que sostenía a Suárez? R. El vector principal de destrucción y autodestrucción son sus relaciones con su partido. Después de las elecciones de 1979 hubo un debate sobre si las había ganado él o su partido. En el origen de sus problemas con UCD está el matrimonio de conveniencia formado por él y por el partido en vísperas de las elecciones de 1977. También está la cuestión de la OTAN, la política económica, la segunda crisis del petróleo y por supuesto el agravamiento del problema terrorista: en 1980 hay 124 asesinatos, lo que reforzó las tesis golpistas del núcleo duro del ejército. El Rey participaba de un sentir general: el momento de Suárez tal vez había pasado. P. “Te sigue, te acompaña, te comprende, te quiere y se enorgullece de ti, tu rey”. Es el final de la carta que le envía Juan Carlos tras esa sesión de investidura. ¿Cómo se agrieta su relación? R. Esa carta muestra el tipo de relación que habían tenido. De compenetración, complicidad, sintonía absoluta. En momentos clave, Suárez siempre había notado su afecto. Calvo Sotelo decía que Suárez era un maestro en la retórica de la cordialidad. Eso es lo que notó que le faltaba cuando las cosas, a lo largo de 1980, empezaron a ponerse realmente mal. El Rey participaba de un sentir general: el momento de Suárez tal vez había pasado. P. A mediados de 1980, una madrugada en Lima, Suárez concede esa entrevista agónica a Josefina Martínez del Álamo. No se publicó hasta al cabo de 27 años. Es un monólogo trágico, casi paranoico. R. Sí. Él llega a decir, y era verdad, que llega a sentirse profundamente pesimista o deprimido. Tenía rasgos y síntomas de persona deprimida. Un alto dirigente de UCD me dijo que Suárez tuvo ese año una depresión clínica. Y eso se trasluce en esa entrevista. P. Allí se refiere a la existencia de la gran cloaca madrileña que quería destruirlo. ¿Existió, existe? R. No lo creo en absoluto, pero entiendo que Suárez lo viviera así. P. ¿A qué y a quién se refería? R. A una élite política y económica a la que no pertenecía, que jugaba con unas cartas que no eran las suyas y que él nunca tendría. Sus relaciones con el poder económico fueron casi tan malas como con los militares. Tal vez incluso peores. Hay que tener en cuenta que estamos también en un momento de transición económica importante y de transición generacional entre unas elites económicas y las otras. Él hereda todavía a la vieja guardia de la banca española. Y con esa vieja guardia, de gente además mucho mayor que él, el factor generacional vuelve a ser muy importante. Tuvo una pésima relación. P. En el libro afirma que Juan Carlos no lo presiona para dimitir, pero de su lectura yo interpreto que sí. R. Le manda mensajes, a partir de tres personas que yo sepa, a partir de julio de 1980. Le desliza que tiene que cambiar. No hay que cambiar a Suárez, dice, pero Suárez tiene que cambiar. Prácticamente se rompen las relaciones entre ellos. Suárez se da cuenta de que pierde el calor del Rey. Es algo bastante difícil de definir en términos políticos, pero en alguien como Suárez era crucial y dramático. P. Describe en el libro la incomodidad de Suárez al leer el discurso de Navidad del Rey de 1980. ¿Podía interpretar que se estaba dirigiendo a él? R. La frialdad del Rey lleva a Suárez a desconfiar de él y la desconfianza de Suárez lleva al Rey a marcar más distancias. El abismo no hizo más que crecer. Suárez entra en un estado de sospecha permanente. El Rey estaba molesto por la vigilancia a la que le somete el presidente y por su desconfianza por las personas que pudiera recibir o las cosas que pudiera decir. Al leer aquel discurso, Suárez pensó que lo estaba desautorizando. P. Durante esas Navidades, cuando el Rey lo convoca en Baqueira o, después, con esa videollamada a mediados de enero que descubres, es difícil pensar que no lo está presionando. R. Se puede interpretar como se quiera, delego en el lector, lo digo sinceramente. Sí es cierto lo que parece deducirse de esa concatenación de hechos, el principal tema de fricción entre ellos era la relación con las Fuerzas Armadas y el peligro de un golpe militar. ¿Le pidió algo en esa llamada? ¿Lo presionó para que dimitiese? No lo creo. Pero es evidente que Suárez se sintió definitivamente solo. Entre la actitud del Rey y la situación de UCD decide tirar la toalla. P. “Creo que, al final, era inevitable”, afirma Juan Carlos en sus memorias. “Aquello no podía seguir así”, leo en su biografía. R. La palabra que usaría es insostenible. Hay otra cuestión: ¿sabía Suárez que había una conspiración militar en marcha y decidió salvar la democracia ofreciéndose como víctima propiciatoria? Podía pensar que la conspiración no era contra la democracia sino contra él. Eso iría contra su propio testimonio: en ningún momento reconoció que supiera que había un golpe de estado en marcha. En las notas que tomó Juan Linz en un seminario cerrado sobre la Transición, y que cito en la nueva edición de la biografía, dice que no tenían información. P. En el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia se define a Suárez como “el gran protagonista de la Transición”. Usted lo denomina “el artífice”. ¿No se diluyo esa idea tras el 23-F para que la encarnase el Rey? R. Hubo un reparto de papeles. De alguna forma, el Rey fue un comodín que Suárez tenía entre manos y que él utilizó con habilidad. Y da la impresión de que, tras la dimisión, el protagonismo pasa al Rey porque es la figura que da estabilidad. Pero hay esa imagen insuperable durante el golpe, manteniéndose dignamente sentado en el momento en que los golpistas ametrallan el techo del hemiciclo. Suárez demuestra que no era un actor que se limitaba a interpretar un papel escrito por otros. Mientras fuera presidente, se creía la encarnación de la soberanía nacional. No podía humillarse. Es la pieza oratoria sin palabras más elocuente que se pronunciado en el Parlamento en defensa de la soberanía nacional. Adolfo Suárez. La opción más difícil Taurus, 2026 400 páginas, 22,90 euros A la venta el 23 de mayo
Juan Francisco Fuentes, historiador: “Nadie podía imaginar que Adolfo Suárez fuera el candidato del Rey. Es el resultado del éxito de su camuflaje”
Ante el 50º aniversario de su designación como presidente del Gobierno, el autor de su principal biografía política disecciona el carácter del protagonista de la Transición y analiza las relaciones que mantuvo con el Rey…
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