¿Edad de Cuerda en lugar de Edad de Piedra? Así ignoró la arqueología el trabajo de las mujeres prehistóricas Varios títulos reivindican los materiales producidos por las mujeres de la antigüedad, pasados por alto durante años en los yacimientos En la Cueva de Rideaux en Lespugue, al sur de Francia, se encontró una Venus paleolítica, unas figuritas femeninas de grandes caderas, senos y vientres. Atada a su cintura, la Venusde hace unos 20.000 años, correspondiente al periodo gravetiense, y tallada en huesovestiría lo que parece una falda de cuerdas retorcidas colgando de un cinto. A unos 6.700 kilómetros, la Venus de Gagarino, en la actual Kazajistán, luce también una falda de cuerdas, más corta y prolija que la francesa y colgando solo por delante, aunque apenas alcanza a cubrir un poco, o nada, de lo que las culturas modernas requieren que lleve oculta una mujer. Las faldas de cuerdas, ya sean paleolíticas o posteriores, neolíticas y de la Edad del Bronce, no podían haber abrigado mucho, ni cumplido la función de lo que ahora entendemos por decoro. “¿Por qué una gente que tenía tan pocas cosas se tomó la molestia de confeccionar y vestir una prenda tan poco funcional? ¿Y por qué optaron las mujeres por lucir esta prenda durante tantos milenios?“. Estas son algunas de las preguntas que Elisabeth Wayland Barber, de 85 años, catedrática emérita de Arqueología y Lingüística en el Occidental College en Los Ángeles, se hacía cuando escribió Los trabajos de las mujeres. Mujeres, telas y sociedad en la antigüedad que ahora publica en español Capitán Swing. El libro que recorre más de 20.000 años de historia analizando el registro arqueológico de los productos de una tecnología, la textil, que históricamente ha estado en manos de las mujeres y de la que se sabe muy poco. Tan poco que, como cuenta Barber por videoconferencia, en algunos yacimientos hasta desechaban los pequeños jirones que encontraban. Barber se hizo conocida en el mundo de la arqueología a partir de las dos semanas que dedicó a estudiar los escasos restos de tejidos prehistóricos y que, finalmente, se convirtieron en un libro que tardó 17 años en escribir y que contempló, por primera vez, la existencia de una verdadera artesanía textil en aquella época remota: Prehistoric Textiles (Princeton University Press). Entonces, en los ochenta, apenas pudo publicar en revistas científicas porque ni siquiera existían expertos en la materia. Sin embargo, en los grandes congresos de arqueología siempre oía los pasos de investigadores corriendo tras ella por los pasillos: “Doctora Barber, doctora Barberrecuerda, divertida—, mire mis fotografías, ¿son herramientas textiles? ¿Es un tejido sofisticado?“. Salvo los grandes hallazgos de los lechos lacustres de Suiza, las minas de sal de Austria y las turberas de Escandinavia, donde había mucho material al conservarse bien, los restos textiles no se consideraban importantes, explica la experta: “No eran críticas ni indiferencia. Mis profesores de Yale me decían que en esa época no podían fabricarse cosas así. Simplemente, no lo veían”. Barber, nacida en Pasadena (California) durante la Gran Depresión, aprendió a coser con cuatro años, a tejer, hilarSaberes con los que demostró que una mujer prehistórica podía tejer patrones complejos porque ella misma los reprodujo con los utensilios que habrían tenido en aquel tiempo lejano. Pero, sobre todo, en aquellos congresos le preguntaban por ellas, las mujeres que tejían. El trabajo de las mujeres Al hablar del trabajo de las mujeres, lo primero que tuvo claro entre los historiadores es que debía ser compatible con el cuidado de los hijos y, precisamente, las tareas del hilado, el tejido y la costura son repetitivas y se pueden dejar y retomar sin gran descalabro. Adornos sencillos como pulseras, collares, brazaletes con cuentas enfiladas en cuerdas de fibras vegetales, tendones o crines, faldas de cuerdas de lino y otras plantas silvestres fibrosas y posteriormente, de lana de animales domesticados en el Neolítico. La otra tarea que cumple con estos criterios es la cocina. Así que las dos actividades que han acabado por considerarse trabajo esencial de las mujeres, resultan ser dos tecnologías cuyos productos son extremadamente perecederos. No es fácil que queden restos de ropajes o alimentos cocinados miles de años después. ¿Cómo puede entonces afirmarse que hace unos 40.000 años nuestros ancestros inventaron la cuerda, retorciendo manojos de fibras endebles, y la costura? “Las pruebas más antiguas con las que contamos son indirectas. La presencia de agujas de coser pasa a ser muy habitual y las cuentas de piedra, huesos y conchas presentan perforaciones cada vez más finas. Además, las cuentas más pequeñas comienzan a aparecer dispuestas en hileras ordenadas encima de los huesos de los muertos. Sin duda, estas cuentas estaban cosidas sobre prendas de vestir, de cuero, por ejemplo. Piezas arqueológicas como estas o las venus permiten deducir que la costura ya era conocida”, explica Barber. El trozo más antiguo de cuerda que, milagrosamente, ha sobrevivido es de hace 17.000 años y se encontró en una de las cuevas pintadas de Lascaux. Por lo tanto, puede afirmarse que en el Paleolítico disponían de cuerdas e hilos de fibra torcida y que los humanos dominaban todas las destrezas requeridas para producirlas. No en vano, llevaban ya entre cinco y diez mil años practicándolas, mucho antes de la revolución agrícola. Para Barber, si los científicos del siglo XIX hubieran nombrado los periodos prehistóricos teniendo en cuenta el trabajo de las mujeres, en lugar de la durabilidad de los materiales (Edad de Hierro, Edad de Bronce, etc.), podrían haber reconocido otros hitos, como la invención de la cuerda que denomina laRevolución de la Cuerda”. “El potencial que tiene para doblegar al mundo a la voluntad y el ingenio humanos ha sido tan grande que podría haber sido el arma invisible que permitió a la raza humana conquistar y desplazarse para ocupar hasta el último nicho ecológico del planeta durante el Paleolítico Superior”, escribe en su libro. Aunque hay murales, frescos o cerámicas posteriores representando mujeres con husos, telares y ruecas, en el Antiguo Egipto o Grecia, por ejemplo, no puede afirmarse que la costura estaba exclusivamente en las manos de mujeres. Sin embargo, Marga Sánchez, catedrática de Prehistoria en la Universidad de Granada, aporta un dato significativo. En yacimientos de la Edad de Bronce y más antiguos, en poblaciones megalíticas como en la necrópolis de Panoría, en Granada, han encontrado vinculaciones más allá de objetos, como punzones, presentes siempre en tumbas femeninas. Los actuales estudios de dientes demuestran que existieron mujeres dedicadas a lo textil ylo sabemos porque utilizaron la boca como una tercera mano: pasaban el hilo y lo cogían con los dientes. El frote del hilo terminaba haciendo unos surcos muy tremendos, muy marcados, que en las mujeres muy mayores incluso están a punto de romperlos”, cuenta Sánchez en conversación telefónica. Para Sánchez, autora del libro Lo que el cuerpo nos cuenta. Un recorrido físico y político de las mujeres desde la prehistoria hasta hoy (Destino), lo textil se ha englobado dentro de esa nebulosa del cuidado, la crianza, lo doméstico, una habilidad suave, sin la importancia tecnológica de una actividad compleja que, históricamente, se ha obviado. “Ni el trabajo textil ni el doméstico se ven en un museo o un libro de texto. Y no se ven porque no hemos considerado que sean suficientemente importantes, cuando son vitales”, critica. En poblaciones mesoamericanas se consideraba que el ser habilidosa en el cocinado y el tejido era una cuestión incluso de diplomacia porque podía ofrecerse a quien venía lo mejor, regalarle un tejido o servirle una buena comida. “Cuando la arqueología del siglo XIX se pone a preguntar por el mundo de la prehistoria, está intentando contestar preguntas que son contemporáneas para ellos. Y si en aquel momento las mujeres no podían ni votar, ¿qué importancia social, política y económica tenían? Y si no la tenían en el XIX, ¿cómo la van a tener en la prehistoria?”, se pregunta. En aquel momento, explica, lo que buscan es la vinculación a actividades que se consideraban realmente importantes: la producción metalúrgica, la caza, el arte rupestre, las armas. Vinculadas a los hombres, son las que se exponen en los museos. Pero hay un último dato sobre la importancia de los tejidos. Se tiene la idea de que cuando se inventa la metalurgia es para fabricar útiles. “No es verdad”, afirma la arqueóloga española, “la primera metalurgia es para hacer adornos porque eso es consustancial al humano. No podemos evitar adornarnos porque es una manifestación de la identidad colectiva, al principio, y también de la identidad individual. Forma parte de nuestro ser humano”.